16 oct. 2010

CF en España.


Aunque desconocida para muchos, ha existido en España una larga historia de excelente ciencia-ficción que se remonta por lo menos a 1532, con el Somnium del clérigo Maldonado. Y se extiende a lo largo de los siglos con el Viaje Fantástico del Gran Piscator de Salamanca (1732), el abate Marchena (1787) o el diplomático Enrique Gaspar: su Anacronópete (1887) relata un viaje en una máquina del tiempo ocho años antes que H. G. Wells. A finales del siglo XIX, los primeros congresos socialistas convocan premios de literatura utópica que exploran posibles sociedades futuras de corte socialista o anarquista: algunas de las obras surgidas en estos certámenes pueden calificarse netamente como ciencia-ficción de gran calidad; por ejemplo, La Nueva Utopía de Ricardo Mella.

La ciencia-ficción española ingresa en el siglo XX mediante una diversidad de autores y estilos; hasta nuestro Premio Nobel científico, don Santiago Ramón y Cajal, se aventuró en el género con sus Cuentos de Vacaciones a caballo entre una especie de divulgación científica y un a modo de ciencia-ficción. Si bien entre las muchas habilidades intelectuales de don Santiago no se contaba la de narrador –al menos, a tenor de estos Cuentos–, muchos otros vinieron a remediarlo. Durante las primeras décadas del siglo de la técnica hay una auténtica efervescencia creativa en el género: desde las novelas del fin del mundo tanto laicas (La catástrofe de N. Tassin, 1924) como católicas (La bestia del apocalipsis del sacerdote Juan José Valverde, 1935)  hasta los viajes a Marte de Modesto Brocos (ca. 1930) e incluso una literatura fantástica humorística en clave de ciencia-ficción. Sin olvidar, por supuesto, al coronel Ignotus (gracias, Agustín).
La Guerra Civil y la dictadura franquista arrasó todo esto, como tantas otras cosas valiosas más. Con la Ilustración y buena parte de la ciencia españolas fusiladas o en el exilio, y bajo un régimen totalitario nacionalcatólico, toda esta clase de ideas no eran muy bienvenidas (y eso que había habido un buen número de religiosos entre estos autores). Hay que esperar veinte años para que alguien tan poco sospechoso de ideas extrañas como el veterano de la División Azul, inspector de la policía política franquista y (todo sea dicho) excelente escritor Tomás Salvador publique La Nave (1959), restaurando así al menos una sombra de ficción científica como gran literatura en España.

Por lo demás, la ciencia-ficción había encontrado un pequeño refugio en torno a la Editorial Bruguera: relatos inocuos (y muchas veces infames) para inofensivo entretenimiento popular, ambientados una semana en el espacio, la que viene en el oeste americano y a la otra como folletín romántico. Es la época de las novelas de a duro, y en la mayor parte de los casos no se trata de verdadera ciencia-ficción sino de folletines ambientados en naves espaciales. No obstante, a partir de 1953 va surgiendo en Editorial Valenciana la obra del liriano George H. White, pseudónimo de Pascual Enguídanos: la Saga de los Aznar (sin coñitas :-P), que en gran medida fue reescrita por el propio autor a partir de 1973, cuando la censura era ya menos férrea. Premiada como la mejor serie europea de ciencia ficción en la EuroCon de 1978, muchos la consideran la expresión más acabada de una saga de este género en castellano.
 
Publicado en Público edición digital. 

No hay comentarios:

Cualquier consulta y publicación a elfuturoeshistoria@hotmail.com