1 nov. 2010

ENTREVISTA JOAN MASSAGUÉ

El científico español en activo más citado del mundo, Joan Massagué (Barcelona, 1953), podría haber acabado vendiendo aspirinas en una farmacia. Ese era el negocio que sus padres tenían en Barcelona y al que pretendía regresar a principios de la década de 1980, tras haber pasado dos años investigando en EEUU. Pero, tras terminar su trabajo sobre la insulina, su jefe le ofreció quedarse. Massagué renunció entonces al negocio farmacéutico y se convirtió en uno de los mayores expertos mundiales en metástasis, un proceso del que entonces apenas nadie sabía nada y que causa el 90% de las muertes por cáncer. Massagué dirige ahora el programa de genética y biología del cáncer del Instituto Sloan-Kettering de Nueva York. De paso por Madrid para participar en el congreso Fronteras en la Progresión Tumoral, que se clausuró el miércoles, explicó a Público cómo serán las terapias contra el cáncer de la próxima década.

¿Cómo surge la metástasis?
Yo utilizo la analogía de la delincuencia. Cuando hay sociedades amenazadas por la violencia y la pobreza, generan más candidatos a causar daño y a exportar ese daño. Muchos de ellos se quedan por el camino, pero siempre hay uno que se convierte en el terrorista más eficaz.

¿Un Bin-Laden del cáncer?
Exacto. Es un proceso de selección darwiniana. Las células de un tumor han dejado de respetar las normas de urbanidad. A fin de formar un organismo, las células deben renunciar a grados de libertad individual y adaptarse al bien de la comunidad. No dividirse cuando quieran e incluso autoeliminarse cuando llevan mutaciones. El cáncer es el precio que pagamos por ser organismos vivos. Se desarrolla por errores o mutaciones en las células de nuestros propios tejidos que generan una comunidad asocial. Pero tienen que pagar un precio, porque el resto de la comunidad está en contra y manda al sistema policial, el sistema inmunitario. El tumor que vemos es el que ha conseguido burlar a esa policía. Lo que llamamos cáncer y metástasis es el resultado final del proceso de selección de los mejores entre los peores, los más malos.
¿Cuál es su plan para intentar frenar esa evolución?
No hay estrategia. Es una frontera tan amplia que lo primero que hay que hacer es poner conocimiento sobre la mesa, identificar genes y actividades de las células involucradas. Queremos descubrir los mecanismos por los cuales las células cancerosas abusan de genes que están diseñados para hacer el bien pero que les ayudan a infiltrarse en el cerebro, por ejemplo, a poder sobrevivir el estrés de estar en un tejido que nunca habían conocido antes y a pasar de resistir a dominar el entorno.

¿Qué es lo más nuevo en esta línea de investigación?
Nos interesa especialmente el estado de latencia. Ahora entendemos que todo tumor diagnosticado ha estado soltando células a la sangre. Por suerte la mayoría o todas han muerto. La quimioterapia, una herramienta burda pero efectiva, las liquida. Pero sabemos también que en muchos casos el enfermo se queda con una carga de células diseminadas invisibles, en nidos con unas pocas decenas en el hígado, en el pulmón, en la médula ósea y que están sin crecer. Queremos descubrir cuáles son los procesos que permiten a esas células malvivir, pero seguir ahí. Si los descubrimos y podemos desarrollar medicamentos que interfieran en ese proceso, estaremos previniendo la metástasis.

¿Cómo cree que serán esos tratamientos?
Se podrá perfilar muy bien el tumor de cada persona, qué mutaciones y riesgo tiene de atacar un órgano u otro. De toda la información que estamos poniendo sobre la mesa saldrán dianas contra las que desarrollar medicamentos razonablemente limpios, sin efectos secundarios, en forma de pastilla en vez de la quimioterapia.

¿Será así la medicina personalizada?
Serán conjuntos de pastillas y cada persona tendrá uno. Algunos lo llaman medicina personalizada, yo prefiero medicina normalizada del cáncer. Es el futuro al que llegaremos en una década.

¿Qué opina de la actual polémica con las células madre embrionarias en EEUU?
Es un paso atrás muy importante. La fecundación in vitro que ha recibido el Nobel este año era anatema en los años setenta y todavía la iglesia no la aplaude, a pesar de que millones de personas están en el mundo gracias a esa técnica. Pero la ciencia siempre avanza, no hay vuelta de hoja.
Publicado en Público edición digital.

No hay comentarios:

Cualquier consulta y publicación a elfuturoeshistoria@hotmail.com