24 nov. 2010

Vitaly Ginzburg, premio Nobel de Física, evitó la cárcel y sobrevivió a las represalias de Stalin gracias a su trabajo en un invento nefasto

La historia del científico ruso Vitaly Ginzburg (1916-2009), premio Nobel de Física 2003 por sus contribuciones a la teoría de la superconductividad, y uno de los padres de la bomba de hidrógeno soviética, «es la biografía dramática de una persona extraordinaria». Así lo describe su discípulo, Arkady Levanyuk, profesor emérito de la Universidad Autónoma de Madrid, que ha ofrecido en la capital una conferencia, sobre la figura de este eminente físico.
Levanyuk ha dado a conocer al hombre que había detrás del célebre científico, al judío que, sin formación inicial, consiguió hacer una carrera universitaria, y convertirse en uno de los nombres más importantes de la Física.


La vida de Ginzburg fue complicada. Sufrió represalias durante el gobierno de Stalin, en la Unión Soviética. En esta época estuvo a punto de entrar en la cárcel, una situación que evitó gracias a su aportación de la bomba de hidrógeno, un terrorífico invento cuya preparación sus colegas más cercanos desconocían por completo, según el propio Levanyuk. Con este hallazgo, Ginzburg consiguió el premio Stalin y fue condecorado con la orden de Lenin, y a su vez, ingresó en la Academia de las Ciencias de la URSS.

«Un don singular»

Sin embargo, fue su investigación sobre superconductividad, lo que le valió varias décadas después el Premio Nobel de Física. Para su discípulo, la gran virtud de Ginzburg, lo que le permitió llegar tan lejos en el campo de la Física fue que tenía una «vista de niño. Veía las cosas sencillamente, y eso es un don singular».

Para Levanyuk, sin embargo, las fantásticas investigaciones de su maestro en radioastronomía y rayos cósmicos hubieran podido proporcionarle otro premio Nobel.

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